lunes, 18 de junio de 2018

Cuando lleguemos a ese río, cruzaremos ese puente...



"Cuando lleguemos a ese río, cruzaremos ese puente." dijo Julio César a sus generales cuando iban en campaña rumbo al río Rubicón, en una de las escenas más poderosas de la historia antigua.

Julio Cesar, aun antes de ser El Cesar, es uno de los personajes históricos más importantes y sin él, el mundo no sería como hoy lo conocemos. Aparte de ser un líder nato, político audaz y un general dotado, Julio Cesar también era escritor y una de sus mejores frases es justamente esta: "Cuando lleguemos a ese río, cruzaremos ese puente."

Julio Cesar se la dice a sus generales durante su campaña para cruzar el río Rubicón que separaba a Italia de la Galia Cisalpina. El Senado romano, para impedir el paso de tropas procedentes del Norte, declaró sacrílego y parricida a aquel que con una legión o con sólo una cohorte pasara el Rubicón. Sin embargo, Julio César, a quien el Senado había rehusado nombrarle Cónsul y a quien, por instigación del cónsul Pompeyo, había ordenado dejar el mando y licenciar a sus tropas, decidió marchar sobre Roma para derribar a Pompeyo.

Cuando en el año 49 antes de Jesucristo, César llegó a orillas del Rubicón, después de unos momentos de reflexión acerca del peligro que entrañaba franquear dicho río, se decidió a vadearlo, diciendo: Alea Jacta Est (La suerte está echada).

Estoy plenamente convencido de que Julio César si sabía exactamente que haría al llegar al río, pero quiso quitar presión a sus generales para que se concentraran en los problemas reales e inminentes. La anticipación de los problemas corresponde al nivel estratégico, el nivel táctico debe centrarse en la resolución de los problemas del día a día.

Esta frase también tiene una interpretación a vivir el presente, disfrutar el día de hoy, aprovechar el momento, carpe diem, y no vivir atormentado por el futuro que aún no existe. Si bien, conviene hasta cierto punto tener planes, nunca permitas que sean los planes los que te tengan a ti.

miércoles, 14 de febrero de 2018

Un Beso Nada Más




Bésame con el beso de tu boca,
cariñosa mitad del alma mía:
un solo beso el corazón invoca,
que la dicha de dos... me mataría.

¡Un beso nada más!... Ya su perfume
en mi alma derramándose la embriaga
y mi alma por tu beso se consume
y por mis labios impaciente vaga.

¡Júntese con la tuya!... Ya no puedo
lejos tenerla de tus labios rojos...
¡Pronto... dame tus labios!... ¡tengo miedo
de ver tan cerca tus divinos ojos!

Hay un cielo, mujer en tus abrazos,
siento de dicha el corazón opreso...
¡Oh! ¡sosténme en la vida de tus brazos
para que no me mates con tu beso!



Manuel María Flores

viernes, 15 de diciembre de 2017

Humorismos Tristes


HUMORISMOS TRISTES
Luis G. Urbina

Mientras tocan Chopin el buen maestro,
o el poeta neurótico recita, 
yo charlo con la hermosa señorita,
en voz baja, del último siniestro.

¡Y sufro mucho!... ¡Bah! Pero soy diestro
en sonreír y en ocultar la cuita;
mi tristeza es amarga, es infinita
mas ¡qué apacible regocijo nuestro! 

Estoy vencido al fin; cesó la lucha; 
yo quedo triste y ella indiferente;
su amor fue poco y mi desgracia es mucha; 

y entre tanto, burlona y sonriente,
ella, en el fondo del salón, escucha
del joven barbilindo el flirt corriente.

jueves, 23 de noviembre de 2017

Antojos


-¿Qué se te antoja?, pregunto ella desde el otro lado del sillón.
-Tú, fue toda la respuesta que él le dio.

Ella volteó a verlo aun con el control remoto en la mano apuntando al televisor, buscaba en su cara algún atisbo que delatara que bromeaba, pero él tenía la mirada ausente, perdida hacia la pantalla desde donde el logotipo de Netflix esperaba su selección.

Ella soltó una risa nerviosa dando por sentado que era una broma y giro de nuevo su vista a la pantalla, dispuesta a retomar su plan de ver algo juntos, pero en ese momento él hablo de nuevo, con su mirada aun perdida y en un murmullo ronco y apenas audible:

-Te me antojas tú - repitió él -. Justo en este momento, sentado al otro lado del sillón como si nos separara un abismo me estoy preguntado todo esto:
-¿A qué sabrás?
-¿Cómo será tu humedad?
-Al pasar mi lengua por tus labios ¿El sabor será salado o agridulce?
-Al entrar en tus profundidades ¿Sentiría tu acidez?
-Si recorro tus paredes ¿Percibiría ese característico regusto amargo?
-Si chupara y succionara de ti ¿Habría un toque de dulzura como lo hay en tu voz?
-Si atrapara tu clítoris y potenciara tus jugos, ¿Estos serían ardientes como tu alma y tu espíritu?
-¿Tu sabor sabría a lagrimas o sabría a sudor?
-Si te recorro completa ¿Sería igual la consistencia a la de tus besos?
¿Alguna vez has probado tu sabor?
¿Lo beberías de mi boca?
¿Sabrías diferente si con mi lengua te llevo al punto de explotar?
¿Tu orgasmo cambiaría el sabor?
¿Qué se siente beberte?
¿Saciaría esta sed de ti?

-Todo eso me pregunto mientras salivo, mientras mi boca se llena de un jugo que no es el tuyo por más que yo lo desee. Trato de imaginar tu sabor, temperatura, consistencia, textura y de acompañar todo eso con tu orquesta de gemidos, en esa voz que tanto me encanta. Podría seguirte comiendo solo por el placer de escucharte.

-Me enloquece el solo imaginar cómo serían tus gemidos si atrapo tu botón y juego con él. ¿Gritarías? ¿Usarías tu misma voz? esa voz me encanta y me embelesa. ¿Cómo sonaría tu voz dulce y tierna si te hago gritar y gemir de placer, sorpresa o dolor?

Ella inmóvil en el sillón solo podía mirarlo, su cuerpo no respondía ninguna de sus órdenes, estaba totalmente congelada sin saber que hacer o decir. Finalmente pudo incorporarse, su cuerpo entero temblaba, sentía un calor anormal en ella y advertía humedad en varios puntos. En ese estado febril, aturdida por la sobrecarga de información recibida y las sensaciones que recorrían su cuerpo, solo atinó a decir:

-A mí se me antojan palomitas...

Después de eso salió de la sala, aún con el control remoto en mano y no muy segura de si iba a la cocina por palomitas, al baño a desahogarse o a su habitación a preparar su respuesta.

jueves, 14 de septiembre de 2017

Coitus Interruptus



Su sonrisa me deslumbró desde el momento en que la ví. 

Ella estaba sentada justo al otro lado del restaurante en el que me encontraba. Usualmente siempre tengo la vista clavada en algún libro, pero ese día había algo no me permitía concentrarme en la lectura. 

Entonces alce la vista y la ví.

Era una visión en un hermoso vestido azul, sus piernas cruzadas y semi descubiertas eran toda una declaración de intenciones y sus pechos se adivinaban firmes tras un escote discreto pero capaz de exaltar al más santo de los hombres. Todo en ella era de una belleza y una sensualidad indecible.

Ella tenia su vista clavada en mí e inmediatamente supe que eso era lo que me impedía concentrarme en mi lectura, como si mi cerebro supiera que me observaban, como si dentro de mí ella me llamara.

Al momento me empezaron a asaltar todas las inseguridades que una persona siente cuando se sabe observado, pero había algo en sus ojos que me decía que ella no me estaba viendo exactamente a mí, sino que estaba imaginando algo más.

Al principio no pude reaccionar ante su escrutinio, no solo por el nerviosismo inicial, sino porque había algo en ella que me provocaba un incesante deseo de contemplarla. Intente apelar a mi lógica y tratar de encontrar la razón de esa fascinación visual, pero aún hoy no puedo explicarlo. Quizás fuese su cuerpo que aunque no era escandalosamente exuberante, al calor del momento yo habría jurado que era perfecto. Quizás fueran sus ropas que no eran provocadoras pero enfundaban su figura de tal manera que provocaba una mezcla de imaginación y curiosidad. Quizás fuese esa mezcla de niña y mujer que le daba un aire de inocencia y perversidad a la vez. O quizás fuese su sonrisa, una sonrisa de esas que dicen muchas cosas, de esas sonrisas llenas de pensamientos retorcidos que no dejan lugar a dudas y que se clavan en la memoria.

Fue entonces cuando ella se dio cuenta de que yo la veía. un movimiento nervioso hacia atrás la delató, desvió su vista, se acomodo el vestido y trato de pasar un mechón rebelde de su cabellera por detrás del oído. Su esfuerzo fue inútil porque el mechón se resistía a ser prisionero de su oreja y prefería caer coquetamente sobre sus ojos.

Rendida ante la tarea finalmente respiró y volvió a mirarme, yo seguía fascinado viendo la batalla que libraba con su cabello y con los pensamientos a mil por hora imaginando cosas como cuál seria el aroma de su cabellera o como se sentirían sus rizos deslizándose entre mis dedos.

Sus grandes ojos habían cambiado, ya no reflejaban la inocente curiosidad de unos minutos antes, ahora eran brillantes e intensos, como si un fuego salvaje se hubiese encendido tras ellos.

Una leve inclinación de mi cabeza, a manera de saludo fue lo que detonó de nuevo su sonrisa. Pensé que podría ser alguien que ya conocía con anterioridad pero algo dentro de mi sabía que si la hubiese visto antes definitivamente no la habría olvidado.

Su siguiente movimiento derribó todas mis barreras, con toda la naturalidad e inocencia del mundo llevó su dedo a la comisura de su boca y mordió su uña sin dejar jamas de mirarme fijamente ni de mostrar esa incitante sonrisa. Ahí murieron todas mis dudas y decidí tomar el control de la situación antes de que esta me sobrepasara.

Lentamente me coloqué derecho sobre la silla y me gire un poco para dar mi mejor perfil, al tiempo que le sonreía. Si ella percibía mi nerviosismo jamás lo hizo evidente y al contrario, inmediatamente se sonrojó con un furioso tono escarlata cumpliendo así con su papel de damisela cortejada.

Ese tono en su cara me envalentono y decidí seguir el juego, levante mi vaso con él en la mano le hice un gesto de brindis, el cual ella respondió de igual forma con su vaso. Cuando iba a proseguir noté que su mirada se clavaba hacia abajo, dirigiendo mi atención a sus piernas, donde su mano lentamente levantaba su vestido. Nervioso miré a todos lados para ver si alguno de los otros pocos comensales se percataba del intercambio que se daba de lado a lado del salón, pero mi bella interlocutora parecía tener total control de la situación, dándome solo a mi un vistazo privilegiado de su anatomía, sin despertar sospechas en las demás mesas.

Aquel movimiento enervó mis ansias y exacerbó mi ya desbocada imaginación. Mis manos se movían nerviosamente en el anhelo de tocarla, mi piel ardía en una fiebre que solo su piel apagaría y de mi boca escapo un sonido grave y ronco, aunque apenas audible, como el gruñido de un lobo que solo el besarle y provocar en ella el mismo gemido acallarían.

Evidentemente no me iba a quedar atrás, los demás comensales y el resto del mundo habían desaparecido para mi. Solo existíamos ella y yo, envueltos en medio de este erótico y silente juego de ajedrez.

Dispuesto por fin a darlo todo por el todo, le señale con los ojos la silla vacía que había en mi mesa, pero ella declinó con la cabeza y señaló con sus ojos hacia la puerta del baño. 

Mi mente explotó imaginando las posibilidades, el morbo gritó con todas sus fuerzas dentro de mi y mi ser pensante abandonó la batalla totalmente derrotado por el ímpetu hormonal. Empece a imaginar la estrategia a seguir, la mejor manera de llegar ambos al lugar indicado sin ser notados, y finalmente, empece a imaginar cómo sería el esperado encuentro. 

No voy a mentir inventando fantasías llenas de mimos, besos tiernos y palabras de amor, ninguno de los dos estaba ahí para eso. En apenas segundos fantaseé como la tomaría fuerte entre mis brazos apenas entrar, notando el roce de nuestros cuerpos, mis manos ansiosas la recorrerían toda, aspirando con desesperación el olor de su cabellera a la vez que mi cara se perdería en su cuello. Nos miraríamos. Nos besaríamos. Nos acercaríamos tanto que a la ropa le costara trabajo encontrar una forma de salir de en medio. 

Allí encerrados, aislados del mundo y ante el amparo del anonimato, le besaría como si no hubiera un mañana, apasionadamente bajaría por su cuello y tiraría de su cabello para forzarla a descubrir esa curva entre su barbilla y su hombro. Mi boca y mis dientes harían presa de piel, Imaginaba con claridad los gemidos ahogados que trataríamos de cubrir para no ser descubiertos y casi pude escuchar el pequeño grito que soltaría cuando mordiera su hombro.

Las escenas se sucedían una tras otra en mi cabeza, mis músculos se tensaron pensando en la fuerza con la que la giraría para besar su nuca y morder su espalda a la vez que mis manos la recorrerían entera despojándola de su vestido. Casi podía sentir en mis manos el tacto quemante de sus pechos, el anhelo del roce de su piel extasiaba mis sentidos y no podía postergarlo más, debía estar con ella. Debía estar en ella. 

Con mi vista clavada en sus ojos, como un lobo que acecha a su presa, me levante lentamente de mi mesa. Mi mejor instinto de depredador me orientaba hacia ella, pero su mirada no dejaba de indicarme en dirección al baño, así que cumpliendo sus deseos me dirigí hacia allá. 

Cuando me acercaba a la puerta, esta se abrió y del interior salió un hombre mayor, de aspecto distinguido y con canas en el cabello que le conferían un aspecto gallardo e interesante. Algo en él llamó inmediatamente mi atención y lo seguí con la mirada. El hombre caminó con paso firme directo a la mesa en la que ella se encontraba y le ofreció la mano para ayudarle a levantarse. Ella la tomó  y tomada de su brazo se dirigieron juntos a la salida.

Un paso antes de salir volvió la vista atrás y me miró directo a los ojos. Sus labios se movieron pronunciando algo que no entendí. Pudo ser un Adiós,  pudo ser un Te Amo, quizás un Auxilio y hasta podría haber sido un Lo Siento

Nunca lo sabre y creo que no habría hecho ninguna diferencia.

jueves, 7 de septiembre de 2017

El Signo


No hables a todos de las cosas bellas y esenciales.

No arrojes margaritas a los cerdos.

Desciende al nivel de tu interlocutor; para no humillarle o desorientarle.

Sé frívolo con los frívolos...; pero de vez en cuando, como sin querer, deja caer en su copa, sobre la espuma de su frivolidad, el pétalo de rosa del Ensueño.

Si no reparan en él, recógelo y vete de su lado, sonriente siempre: es que para ellos aún no llega la hora.

Mas, si alguien coge el pétalo, como a hurtadillas, y lo acaricia, y aspira su blando aroma, hazle en seguida un discreto signo de inteligencia...

Llévale después aparte; muéstrale alguna o algunas de las flores milagrosas de tu jardín; háblale de la Divinidad invisible que nos rodea..., y dale la palabra del conjuro, el ¡sésamo, ábrete!, de la verdadera Libertad.


Amado Nervo

miércoles, 16 de agosto de 2017

Un viejo conocido


"Un viejo conocido volverá a tu vida."

Así decía la profecía que encontró dentro de su galleta de la suerte después de la cena. La mayoría de las personas hubiese continuado con su vida sin darle importancia, pero ella no era como la mayoría de las personas. Durante años ha visitado adivinos y videntes, gitanas que leen la mano, brujas que leen el café y en general todo ese tipo de personas que claman tener algún don y al final han resultado ser meros charlatanes.

Pero ella sabe que hay algo más allá afuera, simplemente lo sabe y por ello cree ciegamente en lo paranormal, en lo extrasensorial y hasta en las supersticiones.

Por eso al recibir la noticia de que "un viejo conocido volvería a su vida", en lugar de pensar que era una tontería o una predicción al azar, inmediatamente se empezó a preguntar quien sería.

Durante el trayecto a casa estuvo pensando en el asunto, después de todo, volver a entablar vínculos con alguien del pasado no es algo que suceda todos los días.

Pensó en su padre, que un día hace más de 15 años salió a comprar cigarros y nunca regresó. Hace tiempo se enteró que él se había fugado con una mujer más joven incluso que ella misma. pero igual podría ser él ¿No? 

¿Qué le diría? 
¿Cómo reaccionaría? 
¿Qué buscaría después de todos estos años lejos?

Todas esas preguntas sin respuesta, que se había hecho ya varias veces antes, volvieron a ocupar su mente. 

Tan ensimismada se encontraba que no se había percatado de que estaba parada frente a su puerta sin siquiera buscar las llaves para abrir. Se imaginó la escena vista desde lejos y se sintió tonta. No era probable que nadie paseara por la calle a estas horas de la noche, sin embargo, eso no le quitó la sensación de torpeza, Decidió zanjar el asunto de una buena vez y no volverse a preocupar por él hasta que el viejo conocido hiciera su aparición.

Lamentablemente su subconsciente no se dio por enterado de su decisión y mando una terrible señal de alerta mientras ella cepillaba sus dientes: Podría ser él. Su ex. De inmediato sintió como si la hubiese golpeado un rayo y nuevamente se vio a si misma congelada frente al espejo, en pijama, con el cepillo de dientes inmóvil en la boca y sus ojos totalmente abiertos.

Tenía lógica, todo embonaba perfectamente. Se enteró que su ex había terminado con su nueva novia hace poco, luego varios amigos en común le contaron que él había estado preguntando insistentemente por ella y ahora recibe el aviso que un viejo conocido volvería a su vida. Definitivamente tenía que ser él. Al parecer el ritual de amor que había hecho la última luna llena funcionó.

Por extraño que parezca se sentía más tranquila al llegar a esa conclusión, ya que había imaginado en su mente muchas veces cómo sería cuando su ex volviera y estaba bien preparada para ese momento. Sabía que al final lo perdonaría, por supuesto, pero antes lo iba a hacer sufrir por atreverse a dejarla por otra.

Finalmente ya tranquila apagó la luz y posó su cabeza sobre la almohada dispuesta a dormir. Entre su somnolencia se preguntaba cuándo sería el día que volvería, si quizás sería mañana mismo o si tendría que llevar su más lindo atuendo.

De pronto reparó en el ruido bajo su cama, como si uñas hubiesen rasgado contra el piso y algo se hubiese arrastrado, reptando por salir. Sus ojos se abrieron de golpe de par en par, su respiración se agitó y empezó a sudar frió. Aguzó el oído para ver si lo escuchaba de nuevo, pero después de un rato seguía sin escuchar nada, solo escuchaba su pesada respiración. O eso creyó, hasta el momento que notó que la respiración que escuchaba no era la suya, sino que venia de bajo la cama.

Años de recuerdos reprimidos se abrieron paso de golpe a su mente consciente. Empezó a temblar incontrolablemente como tantas veces había hecho de niña. Intuitivamente se recorrió y termino sentada balanceándose sobre su almohada, con sus piernas abrasadas y repitiendo entre sollozos:
NO. 
Él No, por favor. 
Él no...